Cuando yo era niño e iba
al cine del pueblo los niños volteaban a mirarme de la fila de adelante pues yo tenía el
pelo rojo, pecas y era de los blancos, esa minoría racial en extinción en el
Perú. Quedaban por un buen rato observándome como si yo fuera un caballo o un
perro de alguna raza desconocida. (Después he leído descripciones de este
tipo en las historias de negros, cuando ellos cuentan en primera persona que la
gente les pasaba el dedo por la piel a ver si despintaba).
Yo los miraba como
enojado, pero nada podía hacer pues era algo que sucedía con frecuencia, desde
que tengo memoria, y fruncía los cachetes en señal de enojo. Conforme el tiempo
fue pasando me fui dando cuenta con más detalle de la naturaleza de la mirada
ajena, la cual tenía un ingrediente social y cultural además del étnico y de la
ignorancia respecto al otro. Años después, en Trujillo, vi repetirse el mismo
acto con mi hijo José, de dos años. Lo llevé a casa de mi amigo Willy, que
vivía por el barrio de Chicago y sus hijos niños –llamados Jane, como Jane Fonda, Woody como
Woody Allen, Mayami como Miami, y así- se quedaban boquiabiertos mirando a mi
hijo que apenas caminaba. Willy se apresuró a explicarme: "es que nunca han
visto gringo chiquito".
(Fragmento del volumen étnico "Blanco fácil", de Juan Luis Dammert)

1 comments:
Gracias por brindar toda llegada de albor, el cariño, lo más digno, lo humano que se detiene a través de tus letras, un abrazo y besos.
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