La sagrada
familia llegó en burro
Un microbús
de la línea 37
Por encima de
acequias huertas borradas zanjas paisajes lunares
Iban al fondo
sobre talegas de cebolla y dulces fardos de chancaca
Cuando
divisaron la gran estrella temblorosa de los montes
La de los
últimos cerros sin iluminar y sin agua potable
En trámite
luz y cañerías
No tocaron la
campana. Tocaron el timbre.
No
encendieron el botón rojo
José pausado
gritó "Bajan"
Y su suave
cálida voz conmovió al anciano conductor
-65 años, dos
mujeres, seis hijos- que frenó en seco.
José y María
-nueve meses tres días de embarazo- avanzaron por el pasillo
José perdió la cartera, dos fotografías, 35 soles
Y María sintió un roce pasajero entre los muslos
No había nadie en la noche apagada latinoamericana y
tercermundista
Ni una luz
Ni un policía
Ni un vendedor de maní acaramelado
Solo
perros
Muchos
perros
Al tacto dieron con la casa del lejano pariente
nunca visto
Quien los alojó en la cocina junto al primus tibio
El vaho del kerosene
La arena grasienta
Esa noche María alumbró un varón pacífico y amable
Nadie pensó jamás que podría liberar al mundo con la
sola fuerza de sus manos
La calidez de su verbo y el afiebrado deleite de sus
labios
Parecido al que un viejo hombre recordaba haber
visto
entre los anarcos de Vitarte y los caudillos del
Rímac
"Todo con las masas, nada sin ellas" aulló
el pájaro salvaje en las tejas del barrio
y un niño vecino dejó caer el libro rojo entre sus
piernas
quedando profunda y plácidamente dormido.
(Juan Luis Dammert, foto de Raquel Paraíso)

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